jueves, 30 de enero de 2020

Pins, propiedades e hijos

Un filósofo del Derecho, un filósofo a secas - que la filosofia del Derecho es filosofia – tiene que acercarse a la realidad lo más posible. A la filosofía se la tacha de inútil, de juego intelectual emanado nada menos que del ocio  - entendido no como “dolce far niente” sino en un sentido clasico de serenidad espíritual – pero la dimensión práctica de esa tendencia hacia el conocimiento que es la filosofía etimológicamente hablando, esta fuera de duda.

Llevamos una temporada a vueltas con algo llamado “pin parental” y con que si los hijos son propiedad de los padres o del Estado. Bien, es evidente que no estamos en Roma y que ya no hay amos ni esclavos. Es más, si los hijos fueran propiedad de los padres, el nuestro sería un sistema aún más romano que el de los romanos por cuanto el objeto de ese derecho de propiedad serían nuestros propios descendientes. 

Los hijos no pertenecen a nadie, son personas en sí mismas y, como tales, inapropiables. Sería necesario despojarles de su condición de personas, privarles de su naturaleza, de lo que son, para poder convertirles en objeto del derecho de propiedad de alguien. 

Así que ni los padres ni el Estado son dueños de los hijos. Lo que los padres tienen para con sus hijos y lo que para con esos mismos hijos tiene el Estado, son deberes. Por tanto, hablando como estamos hablando de educación, el debate sería: ¿quién debe educar a los hijos, los padres o el Estado? 

En cuanto a los padres, si consideramos que ese deber educacional es algo biologico, que emana de la propia condición de progenitor, podríamos defender que es un deber natural, derivado de normas naturales. Santo Tomás, con todo su teologismo, dijo que los hijos, despues de nacer y hasta que adquieren uso de razón, están en un “útero espiritual”.

En todo caso, si nos atenemos al Derecho positivo, vemos que el susodicho deber se otorga a ambas partes, así que es obvio que podemos tener un conflicto – lo estamos teniendo con el pin parental -. Luego para resolver ese conflicto habrá que responder a esto: ¿El deber de los padres de educar a sus hijos pesa más o menos que el deber que concierne al Estado en ese mismo sentido?

En nuestro Ordenamiento y en relación con los hijos de sus ciudadanos, al Estado le incumben deberes generales como “asegurar” y “proteger” (esos son los términos que utiliza la Constitución) imponiéndose a los padres deberes mucho más concretos y estableciendo a la vez varios límites a la patria potestad. Concretamente, el Código Civil dice que la patria potestad se ejercerá en beneficio de los hijos y de acuerdo con su personalidad, lo que supone educarles y procurarles una formación integral. Para acabar señalando que si los hijos tienen suficiente juicio deben ser oídos siempre antes de adoptar decisiones que les afecten. 

Concluyendo, los hijos no pertenecen a nadie y a la hora de educarles son los padres quienes tienen primariamente dicho deber, si bien el Estado no puede quedar al margen precisamente para asegurarse de que los que los padres no hacen dejación de sus funciones y así proteger a los desprotegidos vástagos. 

Y no olvidemos al tercero en discordia. Incluso si se considerara que el deber paterno de educar tuviera un origen natural, derivado de la propia relación biológica padres-hijo, el mismo concluiría en el punto en que la naturaleza misma del educando y su mismo deseo de conocimiento, le marcaran el camino.

lunes, 20 de enero de 2020

LOS BUENOS Y LOS MALOS

Seguro que no tienes dudas a la hora de distinguir a los buenos de los malos. Pero ¿es tan sencillo como parece? ¿Estás seguro de que sabes diferenciar el bien del mal? 

En la ficción, los roles de bueno y malo se suelen revelar con claridad. En “Blancanieves” la mala es la bruja-piruja y Hannibal Lecter es el malo-malísimo en “El silencio de los corderos”. En la ficción sucede que solo hay una versión de la historia y por eso es fácil distinguir el bien del mal. Pero en la vida real las cosas son distintas. De hecho, cuando la ficción está basada en hechos reales muchas veces se nos presenta el bien como el mal y viceversa. Valgan como ejemplo las “pelis” de indios y vaqueros.

En la realidad, como digo, la aparentemente sencilla tarea de delimitar el bien del mal se complica no poco. Todo depende de que tengamos el 100% de los datos y no sólo una parte. Por seguir con el ejemplo de antes, si vemos una del oeste sin conocer la Historia de Norteamérica, pensaremos que los indios eran los malos, pero si sabemos que lo que realmente ocurrió es que “los carapálidas” les engañaron y les desalojaron por la fuerza de sus tierras, los malos pasan a ser buenos y viceversa.

Dañar a alguien sin motivo justificado está mal. Cumplir un acuerdo libremente consentido está bien. El bien y el mal no son ideas subjetivas, es decir, no tienen que ver con nuestra idea de lo bueno y lo malo y menos aun con lo que a nosotros nos interesa o no o con lo que sintoniza o no con nuestra forma de pensar.

En “Richard Jewell” el incombustible y genial Eastwood nos recuerda que lo que hoy está bien mañana puede estar mal, o, mejor dicho, que lo que hoy representa el bien mañana puede representar el mal. Y es que, insisto, para delimitar el bien del mal la clave es estar bien informados, o sea, conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Pero, ¿quién nos traslada a nosotros esa verdad? ¿Quién conforma nuestra idea del bien y el mal? ¿Cómo vamos a saber la diferencia entre uno y otro si los datos que precisamos provienen de informadores que no solo son tan ignorantes como nosotros sino que además identifican el bien y el mal con lo que a ellos les interesa particularmente que constituya el bien y el mal?

Creo que todos tendríamos que estar constantemente aprendiendo – deberíamos ser todos un poco filósofos – y, como consecuencia de ello, deberíamos estar siempre abiertos a cambiar de idea en función de lo que fuéramos aprendiendo sobre el mundo que nos rodea.

Pues bien, a raíz de lo que he aprendido estos meses sobre el mundo que me rodea, sobre la sociedad de la que formo parte, mi forma de pensar ha cambiado sustancialmente y por mí pueden los polos derretirse y los mares anegar este país de antiguallas mentales en el que todo se ha vuelto tirante y extremo, en el que se ha perdido la equidistancia, en el que los populistas se reproducen como conejos, en el que el bien y el mal se identifican con lo que cada cual considera que está bien o mal y en el que los enemigos son los que piensan de otra forma.

Una sociedad que vuelve al pasado, sea cual sea ese pasado, no tiene futuro. Una sociedad en la que unos se creen mejores que otros, con más derechos que otros, con más autoridad que otros para opinar o decidir, es un atentado al bienestar colectivo. Una sociedad, en fin, donde el diálogo y la negociación entre posturas diferentes e incluso antagónicas no sean las herramientas prioritarias para solucionar los desencuentros, es solo una banda de cretinos condenada a autodestruirse.

Viendo a personas como Semper abandonando la política “en plan” Jerry Macguire y, dando por hecho que, como en la película, ninguno de sus ex colegas le secundará, lo que sí espero es que muchos de nosotros, sin convertirnos en sus particulares Zellwegers, nos tomemos un descanso entre gilipollez y gilipollez de las muchas que hacemos al cabo del día y nos demos cuenta de que la ruta de la crispación es en realidad un callejón sin salida.

Tenía razón Churchill: “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. Así es. Ha quedado efectivamente acreditado que la democracia es el menos malo de los sistemas posibles. Por que?  Porque, si España está ahora mismo partida en dos, es como consecuencia de la democracia. Ahora bien, que nadie se equivoque: la democracia no se discute. Lo que es discutible, lo que es censurable, lo que es inaceptable, es encarar esa división desde el enfrentamiento en lugar de desde el respeto. Desde luego no se consigue unidad generando división. Es de primero de guardería. A menos, claro, que lo que busquen quienes pugnan por esa unidad sea que la mitad del país se independice de la otra mitad.

Lo único que veo a mi alrededor son debates. Discusiones huecas sobre cuestiones que no deberían ocuparnos un solo segundo. Discursos fuera de tono plagados de argumentos de lo más “supercalifragilisticos”. Y mientras se nos va el tiempo en fútiles disquisiciones de paramecios, mientras la cava superior se nos hincha de indignación porque nos odiamos a muerte los unos a los otros, lo que de facto desatendemos son nuestras esperanzas y nuestras inquietudes y lo que perdemos, lo que como manirrotos tiramos lastimosamente por la borda, son las contadas oportunidades que el milagro de la vida nos concede para ser felices y hacer felices a quienes tenemos al lado.

Dicho todo lo cual, queridos amigos, la principal amenaza que se cierne sobre nosotros, los seres humanos, el más temible de los peligros que nos acechan, no es el imparable deterioro de la naturaleza del que una niña, acaso malencarada, nos está concienciando, sino la desmedida ambición personal de quienes aspiran en cada momento a gobernarnos y de quienes, a soldada de los susodichos, nos relatan su particular versión de quién es el bueno y quién es el malo.




RICARDO CORTINES
Escritor y consultor. 
Profesor de Filosofía del Derecho en la UCJC.